Confesiones de un hombre casado con otro hombre

Yo nací en 1980. Más cerca de la llegada del hombre a la luna que del ataque contra las torres gemelas. A pesar de no haber crecido en un entorno particularmente homofóbico, habían cosas que simplemente no eran una opción para un adolescente gay. Casarse era una de ellas. Pensarlo era rídiculo. Una obra de la imaginación que podría haber salido de alguna novela futurista de Oscar Wilde. El concepto era tan lejano que nunca fue una opción. Hasta algo así como los 24 años pensar en casarse tenía un sólo significado: Casarse con una persona del sexo opuesto, algo que de cajón, estaba descartado.

Por eso pensaba, antes de casarme, que un pedazo de papel no cambiaría nada. Que equivocado estaba.

Cuando el mundo comenzó a ser civilizado, y Holanda dió el primer paso para reconocer el matrimonio igualitario (por allá por el año 2001, año en el que justamente visité por primera vez ese país) la idea comenzó a ser discutida en mi entorno social. Sin embargo, no fue hasta que España modificó su código civil para conceder este derecho, que muchos en Latinoamérica lo comenzamos a ver como realmente posible.

A pesar de haber vivido en España en los años inmediatamente siguientes a la aprobación del matrimonio gay, no fue hasta este año que la opción comenzó a ser real en mi vida. Mi pareja y yo tenemos toda la vida juntos. Más años de los que casi cualquier otra pareja que conozcamos y sin duda muchos más que cualquiera de nuestra edad. Incluso más que ninguna de nuestras parejas de amigos heterosexuales. Por eso pensaba, antes de casarme, que un pedazo de papel no cambiaría nada. Que equivocado estaba.

Cuando comenzamos a planificar nuestra mudanza a México la opción de casarnos comenzó a ser real. Fue más una decisión más práctica que romántica. Por mi pareja tener tener nacionalidad mexicana, al casarnos, tendría yo residencia legal aquí. La idea de tener una relación, no sólo reconocida por todo nuestro círculo social desde hace muchos años, sino también por la ley, aunque fuese de otro país, comenzó a ser bastante atractiva.

Poco a poco la idea comenzó a tomar fuerza, comenzamos a decirla en voz alta. Nos vamos a casar. Yo confieso que cuando se lo informaba a mi familia y amigos lo decía aún con un dejo de incredulidad. Aunque ya estaba en planes y me emocionaba, mi cerebro no parecía procesar del todo el hecho de que en efecto en unos meses sería un tipo casado.

La idea de tener una relación, no sólo reconocida por todo nuestro círculo social desde hace muchos años, sino también por la ley, aunque fuese de otro país, comenzó a ser bastante atractiva.

Además de decirlo a familiares y amigos comencé a preguntarme cómo haría en el trabajo, ahora la opción de decir que era Gay cuando me provocase, si me provocaba, desaparecería.Ahora mi identificación oficial diría “casado”. Era una idea un tanto inquietante, pero no lo suficiente como para quitarme el sueño.

No los aburriré con los detalles, pero lo cierto es que el 15 de Mayo de 2014, después de 16 años y pico de relación, nos casamos. Por estar en otro país, no estuvieron presente ni familiares ni amigos que han debido estar. El acto fue bastante estándar para un matrimonio civil. Lo único probablemente destacable fue mi risa nerviosa cuando, el juez, un señor mexicano de unos 70 años nos dió recomendaciones para hacer de este un matrimonio duradero.

Ya en el restaurante donde celebramos, la reacción de ambos era más de incredulidad que de otra cosa. Los siguientes días más allá de los buenos deseos de familiares y amigos todo siguió igual. No fue hasta que comencé a trabajar en México que me dí cuenta realmente el alcance de las ramificaciones del simple hecho de firmar un papel aceptando estar con mi esposo por el resto de mi vida.

Aquí haré una pausa. Mi esposo…. mi esposo. Lo he dicho muchas veces este año y todavía no lo entiendo. No creo que sea la palabra adecuada. Decir mi esposo me vuelve automáticamente la esposa? Por supuesto que no, pero son de las cosas que se piensan. El matrimonio igualitario es algo exageradamente nuevo en aquellas sociedades que lo han aprobado, por ello todavía no existen convencionalismos que definan este tipo de relaciones. Esposo y esposa. Marido y mujer. Son expresiones prestadas del matrimonio tradicional, pero que según yo, no son del todo aplicables a este nuevo tipo de familias que estamos formando.

Decir mi esposo sólo parece tener un beneficio claro y es que específica sin duda que la mía es una relación estable, reconocida por todos aquellos que nos importan, y además por la ley mexicana. Sólo por eso me gusta. Pero la verdad no creo que sea la mejor forma de referirme a mi pareja.

Sentir que tienes el respaldo legal viniendo de una minoría que muchas veces tuvo a la ley como persecutora y no como aliada, es algo increíblemente validador.

Una de las razones por las que he dicho esposo muchas veces este año ha sido por mi nuevo trabajo. Allí tuve que firmar papeles otorgandole el beneficio de mi seguro de vida a mi esposo. También el seguro de gastos médicos cubre a mi esposo. Cuando mi jefe (Argentino) me preguntó si mi señora estaba contenta en México, tuve que decirle que no es señora que es esposo. Situaciones como esas son más frontales de lo forma como yo normalmente manejaba mi sexualidad, pero que hasta ahora no han tenido repercusión alguna, más allá de hacerme decir mi esposo muchas más veces de lo que esperaba.

Todas estas interacciones sociales en las que mi relación es automáticamente reconocida, además de hablar maravillas de la sociedad de la capital mexicana, fueron las que me hicieron entender cómo casarse sí cambia muchas cosas. Y sobre todo hace obvia la necesidad de que este derecho sea reconocido para todas las personas LGBT en todo el mundo. Sentir que tienes el respaldo legal viniendo de una minoría que muchas veces tuvo a la ley como persecutora y no como aliada, es algo increíblemente validador.

Me imagino que es algo que el mundo heterosexual ha sabido desde hace mucho tiempo, pero para mi, un hombre gay, que vivió su adolescencia en Latinoamérica en los noventas, estar casado me ha hecho entender lo importante que es el reconocimiento legal de tu relación para esta, y para tu propia percepción como individuo dentro de una sociedad.

Esperemos que los (pocos) gobiernos de la región que faltan por aprobar este derecho en sus territorios, se animen pronto a dar este paso hacia el siglo 21.

José Félix

Editor

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